EEUU, Suramérica y la nueva versión del Plan Cóndor
Durante décadas, la injerencia de Estados Unidos en América Latina ha sido una constante que se repite con distintos disfraces. Cambian los métodos, cambian los discursos, pero el objetivo permanece: control político, económico y energético. Hoy, cuando la crisis energética y económica golpea con más fuerza al imperio, el foco vuelve a apuntar al mismo lugar de siempre: el petróleo venezolano.
El Plan Cóndor no murió, evolucionó
El Plan Cóndor del siglo XX necesitó dictaduras, desapariciones y represión abierta. El del siglo XXI es más sofisticado: medios de comunicación, guerras narrativas, lawfare, manipulación electoral y presión económica. Ya no hacen falta tanques si se puede moldear la opinión pública.
Estados Unidos entiende que para llegar a Venezuela debe primero asegurarse el control político de su entorno. Gobiernos alineados, presidentes obedientes y élites locales dispuestas a servir como intermediarios. En ese tablero, Colombia ocupa un lugar estratégico clave.
Colombia como pieza central
Colombia ha sido históricamente el principal aliado de Washington en la región. Bases militares, cooperación “antinarcóticos” y una dependencia política que hoy se ve amenazada por un proyecto progresista que no encaja en la lógica imperial. Por eso, la ofensiva mediática y política contra el gobierno colombiano no es casual ni espontánea.
Se construyen escándalos, se reciclan rumores, se golpea al entorno familiar del poder y se amplifica cualquier narrativa que sirva para deslegitimar a la izquierda y abrirle camino a una derecha dócil. El objetivo es claro: preparar el terreno para un cambio de rumbo que facilite una futura intervención regional.
Venezuela: el botín real
Detrás de discursos sobre democracia, derechos humanos o lucha contra el narcotráfico, el interés real es energético. Las mayores reservas probadas de petróleo del planeta no son un detalle menor en un mundo que se acerca a una nueva crisis de abastecimiento.
Controlar Venezuela implica asegurar décadas de influencia económica. Y para eso, Washington necesita gobiernos vecinos alineados, fronteras controladas y una narrativa regional que justifique cualquier acción futura.
La guerra mediática como arma principal
Hoy las bombas son titulares. Las invasiones comienzan con trending topics. Los golpes de Estado se ensayan en estudios de televisión. Los grandes medios ya no informan: programan percepciones.
La estrategia es clara: sembrar miedo, confusión y desgaste. Convencer a la población de que no hay alternativas. Presentar el sometimiento como estabilidad y la soberanía como caos.
El error de cálculo
Estados Unidos cree que el mundo no anda pendiente de sus actos, que las personas siguen desinformadas y distraídas. Grave error. La humanidad actual ya no come entero. Cada vez más personas entienden los pasos, reconocen los patrones y saben hacia dónde se dirige este juego geopolítico.
Las redes, los medios alternativos y la memoria histórica han roto el monopolio del relato. El imperio ya no opera en silencio. Hoy, millones observan, cuestionan y conectan los puntos.
El despertar incómodo
La nueva versión del Plan Cóndor avanza, sí. Pero lo hace sobre un terreno distinto: uno donde la conciencia crece y la desconfianza hacia las élites se profundiza. La pregunta ya no es si hay injerencia, sino hasta cuándo los pueblos permitirán que se repita la historia.
Porque esta vez, el enemigo no llega con uniforme. Llega con micrófono, titulares y promesas de salvación.
Que nadie se engañe.
Esto no es torpeza política, ni errores de comunicación, ni simples diferencias ideológicas. Es una operación.
Estados Unidos no tolera gobiernos que no controle, ni pueblos que piensen por cuenta propia. Y cuando no puede imponer presidentes, impone relatos. Cuando no logra golpes, fabrica crisis. Cuando no convence, desgasta.
Pero algo cambió.
La gente ya no cree ciegamente. Ya no traga titulares. Ya no acepta que le expliquen el mundo como si fuera estúpida.
El imperio sigue jugando como si nada hubiera pasado…
sin entender que el tablero cambió, que las piezas despertaron y que la Matrix tiene grietas.
Y cuando un sistema necesita mentir cada día para sostenerse,
no es fuerte: está desesperado.

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